Muda. Mis palabras presas. Ni siquiera una rendija de luz las dejará escapar. Una cárcel de orgullo las detiene y ellas luchan por ser libres y volar sin escalas a tus oídos a decirte una verdad difícil de creer: te necesito.
Con el alma sedienta de primavera, salgo a la calle y te veo. Me ves. Te miro. Me mirás. Le doy rienda suelta a la sangre en estas venas secas de sensaciones cuando me regalás una sonrisa como pocas. Me hablás y es como si de repente se destapara una lámpara mágica y un genio estuviera a punto de concederme un solo deseo: saber que los deseos se pueden cumplir el día menos pensado.
Levantar una muralla. Cerrar el álbum de fotos del futuro que no vendrá.
De a poco te fui borrando.
Se lavó la tinta. Solo queda un sello de agua que no logro hacer desaparecer.
No se va. Ahí quedó, como en suspenso, esperando.
¿Esperando qué? Llenar de tinta el plumín. Que se vuelva amarillo el papel. Que seamos viejos y ya nada, absolutamente nada importe, y nos miremos a los ojos y nos digamos: ¿por qué esperamos tanto?
Quiero escribir una canción de amor con besos y mariposas y sueños. Quiero pintar la vida de colores y ponerle música de pianos y violines. Quiero que brille el sol cada mañana en mi ventana al despertar. Quiero volar por un cielo azul de a dos como las bandurrias. Quiero pensar en locuras adolescentes y no poder evitar una sonrisa. Quiero naufragar en una isla llena de esperanza y de ilusiones. Quiero cantar una canción de amor Y dedicartela.